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Donantes de sangre con el Donante DivinoDe la mesa de la Trinidad a la zarza ardiente
"La solemnidad litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús es la tercera y última de las fiestas que han seguido al Tiempo Pascual, tras la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Esta sucesión hace pensar en un movimiento hacia el centro: un movimiento del espíritu guiado por el mismo Dios".
Estas palabras son parte del resumen, a modo de "decálogo", que ha elaborado Jesús de las Heras, director de Ecclesia de la enseñanza del Papa Benedicto XVI en el Angelus del domingo 1 de junio. Habló de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, trazando una hermosísima síntesis de este misterio y culto. Ese "viaje" hacia el corazón de Dios parte de la mesa de Abraham en el Icono de la Trinidad de San Andrei Rublev. En el centro de la mesa, se nos muestra, no la vianda que Abraham ofrece a sus tres huéspedes por mor de la hospitalidad semita, sino el Pan del Cielo, el Cordero pascual que Dios ofrece al orante. Es la hospitalidad de Dios, que acoge al orante-peregrino.
El pasado domingo, Solemnidad del Corpus Sanguinisque Christi, coincidió con una celebración civil, que promueve con perenne urgencia una necesidad de amor fraterno centrada en la salud física: la donación de sangre. El día 14 de junio es, desde 2004, el Día Mundial del Donante de Sangre como homenaje al médico vienés Karl Landsteiner, nacido el 14 de junio de 1868. El año próximo, por cierto, tendrá lugar en Cáceres, España, el congreso nacional de la federación de donantes de sangre.
Esta celebración civil que es sumamente "joven", 5 años, ha sido capaz de acoger en su casa del calendario, 14 de junio, la Solemnidad litúrgica del Corpus, que "peregrina" cada año en busca del día 11 o 14 (según los casos) después de Pentecostés. El Corpus Christi se comenzó a celebrar en Lieja, Bélgica, en 1246, siendo extendida a toda la Iglesia occidental por el Papa Urbano IV en 1264, teniendo como finalidad proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
Las teorías pueden convencer, pero sólo los ejemplos arrastran. De ambas realidades puedo dar mi pequeño testimonio. Soy cristiano y soy donante de sangre. Otros de mejor y más documentada pluma os pueden hablar de la Eucaristía y del aspecto científico, médico y solidario de la hemodonación. Yo sólo voy a daciros lo que vivo en ambos misterios: los vivo como inseparables.
El Señor es el Donante Divino, que derramó su Sangre por ti y por mí. Y que actualiza su Donación en cada Eucaristía. El no da 450 mililitros, sino toda su Vida. ¡Qué curiosos resultan los lemas de la donación de sangre más difundidos! "Donar sangre es donar vida" "Con cada donación puedes salvar tres vidas". ¿Te das cuenta? Son honda y literalmente eucarísticos. Y el Señor se sirve de ellos para recordarnos que ir a Misa no es una obligación cultual, sino cuestión de vida. Es una transfusión de Sangre de Cristo para vencer la anemia que el pecado nos genera. Estos lemas nos recuerdan que el Señor nos da Vida, nos hace una especial de "reanimación cardiopulmonar de alma". Y después, como buen Médico, nos deja la receta para el postoperatorio. Nos deja la receta escrita, la Escritura proclamada en esa Misa, para cuidar el transplante de Vida Divina recibido de su Amor. Sí, no te engañes. la transfusión de sangre es un auténtico "transplante de sangre", un transplante de corazón... de Corazón de Jesús.
Además, la Eucaristía nos recuerda que el amor recibido es para darlo. Cuando dono sangre cada tres meses, esos 10 minutos en los que sale de mis venas el medio litro escaso, experimento que es para alguien que lo necesita. Uno mi pequeña donación al caudal infinito de la Sangre del Señor, como una gota que se siente miembro amado del océano. Una gota que no es anónima, sino reconocida. En la Liturgia oriental, antes de recibir la Sagrada Comunión, el sacerdote pregunta su nombre al fiel. Y al darle al Señor le dice: "El piadoso siervo de Dios (y pronuncia su nombre)
recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo". Así subraya al carácter perofundamente personal del don eucarístico. No en vano, el Señor no dio de comer a 5000 hombres, más las mujeres y los niños. Dio de comer... ¡a cada uno de ellos!, que no es lo mismo.
Cada día, al recibir la Eucaristía no podemos sino sentirnos donantes de Sangre de Cristo. La podemos donar con la sonrisa, fácil o esforzada. La podemos dar con el abrazo, con el amor tiñendo nuestras palabras a quien está anémico de esperanza. La podemos donar abrindo nuestra cartera para dar los dos reales de la viuda pobre. Sí, aunque tengamos dinera de sobra, siempre hay "dos reales de amor" en nuestro día. Hay más amor en dar el cuarto de hora de ver el final de nuestro partido de fútbol por la tele, que las dos horas de paseo sin rumbo por el parque. En el
segundo caso damos el tiempo que nos sobra. En el primero damos el cuarto de hora que "creíamos necesitar para vivir". Confieso que soy donante de sangre porque soy cristiano. No me mueve el altruísmo ni una conciencia social. De hecho, comencé a donar por un hecho relacionado con mi fe.
El Corazón de Jesús no es el final de este viaje hacia dentro que dibuja el Papa Benedicto XVI. Precisamente la fiesta de hoy es la perfecta y potente rampa de lanzamiento a transfundir Amor de Dios en los que nos rodean. No en vano los cristrianos somos como los glóbulos rojos de Cristo, de vocación rotundamente peregrinante. El latido infinito del Corazón de Cristo nos impulsa a navegar por sus venas, las venas de la Iglesia, para llevar una gota de oxígeno allí donde hace falta, donde cada uno es enviado.
En el curso de esa maravillosa "navegación", hay un instante en el que pasamos por el interior del Corazón. Ese es el "instante" en el que se suspende el tiempo y amanece la eternidad: es la Liturgia, el Cielo en la Tierra. No es ya contemplar el Corazón del Señor como en una pintura, sino desde dentro, desde una aurícula o un ventrículo del Señor. No es escuchar el latido de Dios... es ser parte de ese latido. No es sentir el abrazo de Jesús ... es serlo. No es ver a Dios en la zarza como Moisés, sino ver a Moisés desde la zarza inhabitada por el fuego que no consume. Es
"ser" zarza para que Dios muestre al hermano que "El Es El Que Es". Mirad su santo Rostro...
El Peregrino Ruso. ¡¡¡ Santiago de Compostela !!!El campo de la Estrella
Todo cristiano es contemplativo. En los albores de su pontificado el Papa Benedicto XVI recordó que toda oración debe ser contemplación del misterio de Dios y sus obras en la historia de la redención. Fue durante la catequesis sobre el salmo 110, "Grandes obras del Señor".
Las grandes obras del Señor no conocen fronteras. Se ven en el inabarcable silencio del cosmos, donde los siglos son instantes, y también en la algazara interna de la naturaleza, y de nuestras células, donde los instantes son como siglos.
Hoy, Solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia entera ora por sus contemplativos, que son peregrinos. Ellos son el latido constante del corazón de Dios y la llamada constante a latir en El. Para el mundo quizá contemplar a Dios es sinónimo de inmovilidad, de pasividad. Pero no es así. Sólo quien se atreve a contemplar se puede dar cuenta de que no es lo mismo inmovilidad que quietud, y no es lo mismo pasividad que confianza.
Cuando contemplas un niño pequeño, no puedes evitar correr hacia él para abrazarlo. Eres “peregrino” hacia su leve candor. El contemplativo no puede evitar el impulso hacia ese horizonte perpetuamente cercano que es el Misterio de Dios. Y esto es así ya permanezca horas y horas ante un icono, ya sea caminante. Ya sea que sus rodillas estén sobre el reclinatorio, o se “reclinen” alternativamente en el aire, mientras corren hacia el Sepulcro vacío.
Yo soy de estos últimos. Y hoy contemplo ya el Cielo en la Tierra. Buen día ha escogido la Madre del Cielo para que lleguemos Ella y yo a Compostela, “el campo de la estrella”, perdón, "el campo de la Estrella". Porque Ella es la Estrella de la evangelización. La tierra galega y mi tierra miran al mismo cielo estrellado. Os anticipo, pues, que mi Albergue de la Madre al final de la Ruta Jacobea no está hoy en la Tierra, sino en las estrellas, en la Via Lactea. Es esta una prebenda que sólo puede gozar un peregrino como yo.
A partir de hoy dejamos abierto el total hasta Jerusalén, porque es una cifra que va a ir cambiando con arreglo al plan de la Madre.
Total hasta Jerusalén Más de 10.000 kilómetros
"Hoy" +51.4 kilómetros.
Distancia recorrida 1194.3 kilómetros
Distancia restante Más de 8805.7 kilómetros
Próxima parada a discernir. |
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