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    Rumbo a Jerusalén


     

      A modo de presentación

     
    Hoy, 27 de diciembre de 2007, celebramos en la Iglesia la fiesta de San Juan Evangelista. Es el dia que ha escogido el Señor para iniciar este relato. De hecho, no podría ser otro día más oportuno. Pero antes de seguir, debemos cimentar nuestras palabras en la Palabra, en el Evangelio que la Iglesia nos propone como alimento, como maná santo de estas horas. Es Juan 20, 1-8:
     
    «El primer día de la semana, muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que habían quitado la piedra que cubría la entrada. Así que fue corriendo a ver a Simón Pedro y al otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "¡Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto!"
    Pedro y el otro discípulo se dirigieron entonces al sepulcro. Ambos fueron corriendo, pero como el otro discípulo corría
    más aprisa que Pedro, llegó primero al sepulcro. Inclinándose, se asomó y vio allí las vendas, pero no entró.6 Tras él llegó Simón Pedro, y entró en el sepulcro. Vio allí las vendas y el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, aunque el sudario no estaba con las vendas sino enrollado en un lugar aparte. En ese momento entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; y vio y creyó».
     
    Yo también estoy "corriendo" hacia el Sepulcro. Lo diré mejor cambiando las comillas de sitio: Yo también estoy corriendo "hacia el Sepulcro". Lo entenderéis cuando retomemos el relato.
    Como Juan, también corro junto a Pedro. ¿Quién es Pedro? Pedro es ... el Papa, es la Iglesia, es mi padre espiritual, y es mi comunidad cristiana entera.
    Como Juan, doy testimonio de que todos somos discípulos amados, aunque no seamos buenos discípulos. Soy testigo de que Jesús ama a todos, discípulos y no discípulos.
    Como María a Juan, la Iglesia nos ha anunciado que el Sepulcro está vacío. Estoy corriendo a verlo.
    Como  a Juan, el Señor me ha confiado a su Muy Santa Madre para que more en la "casa" de mi corazón de sacerdote. Ella me cuida y protege. Y me enseña a "hacer lo que El me diga".
    Como a Juan, el Señor me permite reposar mi vida sobre su corazón. ¿Acaso no es esa la quintaesencia de la oración? El momento especial de esa intimidad es la Eucaristía. 
     
    «Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn 20, 30-31)
     
    Lo que vais a leer en estas páginas es una pequeña muestra de esas "muchas otras señales". Es mi pequeño testimonio de lo que Jesús hace en mi vida y a mi alrededor.  Las escribo para dar razón de mi esperanza y mi confianza en Su Amor. También aquí Juan, el discípulo amado, me ilumina con sus palabras, que hago mías: «Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo sea completo» (1Jn 1, 4).
     
    Pero esta historia no ha comenzado hoy, sino hace algunas semanas. Hemos de echar la vista atrás. ¿Me acompañáis?
    Os cuento ...
     
    Vuestro hermano...
     
    El Peregrino Ruso