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La parábola del círculoPeregrinos hacia la unidad.
San Doroteo de Gaza, un cristiano que vivió en Palestina en el siglo VI escribió: «Imaginad que el mundo es un círculo, que el centro es Dios, y que los radios son las diferentes maneras de vivir de los hombres. Cuando los que, deseando acercarse a Dios, marchan hacia el centro del círculo, se aproximan los unos a los otros al mismo tiempo que a Dios. Cuanto más se aproximan a Dios, más se acercan los unos a los otros. Y cuando más se acercan a los demás, más se aproximan a Dios» (Doroteo de Gaza, Instrucciones VI). En estos días celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. La parábola del círculo nos sigue iluminando al respecto: Los cristianos, peregrinos hacia la unidad, vamos corriendo por sendas que son como los radios de la rueda de una bicicleta. Nos aproximamos unos a otras en la medida que nos acercamos a Dios, meta y centro de nuestro camino común. Junto a las intenciones de oración que me van llegando día a día, este peregrino que os habla está corriendo y orando especialmente por la unidad ente los cristianos. Se cumple este año el centenario de esta obra de Dios. Y providencialmente, la Palabra de Dios escogida para este año es la que genera la búsqueda incesante del Peregrino Ruso: No ceséis de orar (1 Tes 5,17). Hablaremos de ella en otro apartado. Ahora refrescaremos la memoria para conocer mejor cómo nació esta Semana de Oración anual.
Esta es la cita bíblica completa:
«Os pedimos, hermanos... que la paz reine entre vosotros... Os recomendamos también, hermanos, que corrijáis a los indisciplinados, animéis a los tímidos y sostengáis a los débiles, teniendo paciencia con todos. Mirad que nadie devuelva mal por mal; al contrario, buscad siempre haceros el bien los unos a los otros y a todos. Estad siempre alegres. No ceséis de orar. Manteneos en constante acción de gracias, porque esto es lo que Dios quiere de vosotros como cristianos». 1 Tes 5,12a.13b-18 (BTI, Biblia Traducción Interconfesional)
Las raíces de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se remontan al comienzo del siglo XIX. Orar por la unidad cristiana junto con miembros de otras denominaciones era algo que había venido haciéndose en diversos lugares durante cerca de un siglo cuando, en 1908, un sacerdote y una hermana, ambos episcopales, celebraron públicamente por primera vez el Octavario por la Unidad de la Iglesia, del 18 al 25 de enero, en Graymoor, Garrison, Nueva York. El padre Paul Wattson y la madre Lurana White, cofundadores de una pequeña comunidad religiosa en la tradición franciscana conocida como Hermandad de la Expiación (Society of the Atonement), eligieron para celebrar el octavario los días comprendidos entre la que en aquella época era en el calendario de la Iglesia Católica Romana la "fiesta de la Cátedra de Pedro" y la "fiesta de la Conversión de Pablo". Aunque su celebración se extendió rápidamente en la Iglesia Católica Romana, el octavario no era en aquella época la única iniciativa de oración por la unidad de la iglesia. Semanas o días de oración en las que el aspecto de la unidad revestía una notable importancia venían siendo celebrados en todo el mundo ya con bastante anterioridad a 1908. Entre sus promotores se contaban la Alianza Evangélica Mundial, la Federación Universal de Movimientos Estudiantiles Cristianos, la Alianza Mundial de Asociaciones Cristianas de Jóvenes y la Asociación Cristiana Femenina Mundial. Después de la entrada de la Sociedad del Atonement en la Iglesia Católica en 1909, el Papa Pío X dio su bendición oficial al octavario por la unidad. A mediados de los años treinta, el Abad Paúl Couturier de Lyón (Francia) dio un nuevo impulso al octavario por la unidad de la Iglesia. En esta época, la celebración del octavario había comenzado a extenderse en toda la Iglesia católica y en un pequeño número de comunidades anglicanas favorables a la reunión con el obispo de Roma. No obstante, por razones teológicas este enfoque era rechazado por un gran número de cristianos que no pertenecían a la Iglesia católica. El Abad Couturier mantuvo las fechas del 18 al 25 de enero pero modificó la terminología: el objetivo de la “Semana universal de oración por la unidad de los cristianos” que promovía era la unidad de la Iglesia “tal como Cristo la quiere”.
Fuentes: Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos - www.vatican.va
Ella marca el rumbo
Egeria: la primera peregrina
Ella marca el rumbo de nuestra peregrinación. No nos espera en Compostela, sino que viene con nosotros desde el primer kilómetro, ayudándonos desde el Cielo a correr sin descanso en la senda de la oración. Fuente: www.viajeros.com Una de las que podemos considerar "primeras viajeras", la gallega Egeria, viajó durante el siglo IV, por todo el próximo oriente siguiendo las huellas de los lugares bíblicos, buscando el conocimiento real de los lugares y sucesos que ella conocía de leídas en su abadía. Abandonando su reclusión y con espíritu viajero, esta mujer fue capaz de ir contra las reglas para llegar hasta la anhelada Jerusalén. En el siglo IV viajar por el mundo no era cosa de todos los días. Las dificultades del transporte y el tiempo que llevaba recorrer unos pocos kilómetros lo convertían en una actividad destinada únicamente a personas de espíritu viajero, o aquellas que viajaban por necesidad. Egeria no era una mujer común en su tiempo. Pero conozcamos sobre esta mujer. Los datos de la peregrina En 1884, un investigador italiano, Gian Francesco Gamurrini, encontró un polvoriento manuscrito de la Biblioteca Della Confraternitá dei Laici, en Arezzo. En realidad son cartas escritas a unas “lejanas señoras y hermanas” describiendo su lejano viaje desde tierras lejanas hasta lugares bíblicos. Se discutieron distintas hipótesis sobre la época e identidad de la mujer que había llevado a cabo este periplo. Fue en 1903 cuando el benedictino Don Mario Ferotín daba la clave final: la autora era una tal Etheria o Egeria, de la que no se conocía demasiado, pero que a partir de entonces se la conocerá, posiblemente, como la primera escritora española de nombre conocido y que quizás fuese monja (de edad ya madura) y su relato sería el primer libro español de viajes.
Es un diario redactado desde la piedad religiosa, en el mundo de finales del s. IV, cuando el Imperio Romano empezaba su decadencia, y que da parte de su valentía y curiosidad por ir a recorrer estos países casi cerrados, dando detallada descripción de lugares, personas, curiosidades y costumbres. Sus cartas nos dan una buena idea de cómo se podía viajar en esa época, aparte de la forma imperial, desplazándose por las múltiples calzadas, lo que entonces se llamaba cursus publicus, es decir las vías que seguían las legiones; pernoctando en las ventas o mansiones, casa de postas que marcaban las etapas del viaje, ó acudiendo a la hospitalidad de los monasterios, y de cómo era el Oriente del siglo IV (El Sinaí, recuerdos bíblicos, Arabia, el monte Nebo, la ciudad de Melquisedec, Mesopotamia, Constantinopla...). Esta viajera nació en lo que hoy es Galicia, España, durante la segunda mitad del siglo IV. Se desconocen lugar y circunstancias de su muerte. Corriendo para anunciar el EvangelioVida y misión
Fue educado desde 1908 hasta 1920 en el Colegio Ethan, en Blackheath, una escuela para hijos de los misioneros. Cuando sus padres viajaron a China, Eric y su hermano mayor Rob, partieron con ellos. Durante este tiempo de misión en China, la familia creció y tuvo dos hermanos más. Viajaron 2 o 3 veces para visitar su patria. En 1920 se inscribió en la Universidad de Edimburgo de donde se graduaría en 1924, tras la final olímpica de París. Fue allí, durante sus años en la Universidad donde descubrió sus aptitudes y desarrolló sus dotes atléticas destacándose no solo como corredor sino también como jugador de rugby.
Terminados los Juegos Olímpicos de París, y concluído sus estudios universitarios, Eric regresó a China, donde sirvió como misionero desde 1925 hasta 1943, primero en Tianjin y luego en Siaochang. Durante su primera etapa, fue ordenado ministro (1932). Durante la década de los 30 a su trabajo como misionero le acompañó gran riesgo para su vida, a causa de la invasión japonesa a China. En 1934 se casó con Florence Mackenzie, una misionera canadiense con quien tendría tres hijas, Patricia, Heather y Maureen.
Hacia 1941 la situación en China se puso en extremo peligrosa para los ciudadanos británicos, por lo que el Gobierno advirtió a la familia que regrese a Europa. Eric decidió quedarse, pero envió a su esposa e hijas a Canadá. En 1943 Eric, junto a otros misioneros americanos, pasó a trabajar tras las líneas japonesas. Fue designado profesor de Matemáticas y supervisor de Deportes. En ese tiempo, logró establecer la costumbre de rezar un devocional antes de comenzar cada clase o entrenamiento. Ese mismo año aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad que le provocaría la muerte, un tumor cerebral. Al poco tiempo fue internado en Weishien. Dos años más tarde, un 21 de febrero de1945 Eric Lidell, el extraordinario corredor olímpico y abnegado misionero falleció en China. Al enterarse de la muerte de Eric, Escocia y toda Gran Bretaña lloró.Su enfermera relata que sus últimas palabras fueron de regocijo por la tarea cumplida: “Lo he entregado todo”
“No tienes que ser famoso o especialista para servir al Señor. Dios pregunta solamente si en lo que te desempeñas lo haces con sinceridad y fidelidad”. “Dios te ha llamado para que lleves fruto, y ése fruto debe permanecer”. “Dios honra a sus fieles, y el honrará tu obediencia, con una vida que trasciende hasta la eternidad. La `entrega completa´ a Cristo es la victoria total.” E.H. Lidell Fuentes: InTouch Ministries, The Eric Liddell Centre, Electric Scotland El gran momento.Eric Liddell
El 6 de abril de 1923, en un pequeño salón de Armadale, Escocia, Eric Liddell habló por primera vez de su fe en Cristo. Ochenta personas habían acudido a escuchar el testimonio del famoso corredor.
“Tímidamente, se adelantó y, antes de comenzar, contempló durante unos segundos a su audiencia”.
“No se notaba el clima de una conferencia, (...) no era un discurso típico, sino una charla reservada, y en sus palabras claras y reposadas, Eric por primera vez en su vida dio testimonio público acerca de lo que significaba Dios para él”. “Habló de la fuerza que sentía dentro de sí, convencido del amor y de la ayuda de Dios. De cómo él nunca preguntó porque sucedían las cosas, a él o a otros. Eric no necesitó explicaciones de parte de Dios. Simplemente creyó en él y aceptaba lo que acaecía”. Las noticias de la charla de Eric Liddell fueron divulgadas en todos los periódicos de Escocia la mañana siguente. Dios preparaba a Eric para honrarlo, y su testimonio todavía reverbera hoy. Era un corredor poco ortodoxo. En la línea de salida solía alzar sus ojos hacia el cielo y en su mente resonaba “El Señor me guía”. Al final de cada carrera solía estrechar las manos de cada competidor, sin importar su raza o color. A partir de la confesión pública de su Fe, aparecieron muchos escépticos que no le auguraban la menor posibilidad de éxito. Cuando en Julio de 1923 disputó la final de la Asociación Inglesa, Eric silenció a los escépticos ganando la carrera de 200 yardas y también la de 100. La marca establecida por Eric Liddell se mantuvo en Inglaterra durante 25 años. Ganó la Copa Harvey al mejor desempeño y se preparó para las Olimpíadas de París en el verano de 1824. Así llegó el momento decisivo, el más esperado por cualquier atleta: La final Olímpica. En París se usaría por primera vez la frase “Más lejos, más fuerte, más rápido”. Pero Eric Liddell, que había trabajado en su preparación a lo largo de todo el año, tenía convicciones muy fuertes, que valoraba muy por encima de sus posibilidades de fama o éxito deportivo. El domingo previo, a tres días de la final, participó de una Reunión de Culto en París en el que ofició como predicador. Increpado por la prensa y algunos miembros de la Asociación Olímpica de su país sobre la necesidad de descansar y realizar un entrenamiento adecuado, Eric se mantuvo en su posición. Para él el Domingo era el Día que estaba consagrado al Señor. El miércoles, tres días después, acabó tercero en la final olímpica de 200 metros, logrando una inesperada medalla de bronce. Mantenía sus expectativas, pero estaba tranquilo ante la final de los 400 metros. Nadie esperaba que ganara un predicador que prefería predicar un domingo antes que entrenar. En la línea de salida, calentando músculos y sacudiendo las manos, como el resto de los competidores, se preparaba para la carrera de su vida. Con su estilo particular, moviendo la cabeza y el cuerpo esperó el disparo de salida y arrancó. Terminó la carrera cinco metros por delante de su rival más próximo. Había conseguido la medalla de oro y, además, marcando un nuevo récord mundial. En el texto que acompaña al vídeo añadimos el significativo episodio del trocito de papel con las “instrucciones de su Entrenador”: “Honraré a los que me honran” (1 Sam 2, 30). ¿Y nosotros? Ahora es nuestro turno de honrar a Dios, consagrándole cada minuto a amarle, guardar su Palabra y... correr con El, por El y para El. Daniel E. Dañeiluk, www.biografas.blogspot.com Fuentes: InTouch Ministries, The Eric Liddell Centre, Electric Scotland Nuestro equipo de "Sherpas"Alabado sea Jesucristo.
Hoy, 1 de enero de 2008, celebramos la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Que Ella nos enseñe a orar y hacer lo que El nos diga.
“Por gracia de Dios soy cristiano; por mis acciones, un gran pecador, y por mi oficio, un humilde peregrino sin domicilio. Perpetuamente errante. Mis bienes son una alforja sobre la espalda con un poco de pan seco y una Biblia que llevo en mi sayal, junto al pecho”. Así comienza un libro –El Peregrino Ruso- que ha recorrido físicamente más kilómetros que su protagonista. Rectificamos sobre la marcha: A decir verdad, la verdadera protagonista del libro es la Palabra del Señor. “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. La oración del Centurión, pronunciada por cada uno de nosotros antes de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se hace realidad en la historia del Peregrino. En su caso, son dos las palabras: “Orad constantemente” (1 Ts 5,17). “Este versículo se imprimió en mi memoria –confiesa- y me puse a pensar cómo es posible rezar sin interrupción, ya que el hombre tiene que ocuparse de tantas cosas para ganarse la vida... “ El libro vio la luz por primera vez en la ciudad rusa de Kazán hacia el año 1865, sin nombre de autor. Según el prefacio de la edición de 1884, el Padre Paisius, abad del monasterio de San Miguel Arcángel, habría copiado su texto de un monje ruso de algún monasterio del Monte Athos, en Grecia. El Peregrino partió de su ciudad en busca de un hombre de Dios que le instruyera en el arte de la oración constante. La verdadera belleza del libro está en que despliega con sencillez ante el lector un camino, una manera de vivir el Evangelio que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Más aún, nace de la vida de las primeras comunidades cristianas, enriquecidas con el sello que la fe del pueblo judío ha dejado en el pueblo de la Nueva Alianza, la Iglesia. Es una manera de vivir en Cristo que ha mantenido su lozanía ininterrumpidamente en el “pulmón oriental” de la Cristiandad. Y desde ahí, como ha exhortado con entusiasmo Juan Pablo II, ha permeado fecundamente el “pulmón occidental”. Pero de esto tendremos tiempo de hablar a lo largo del camino. Los primeros monjes con frecuencia peregrinaban de un lugar como signo exterior de su camino interior hacia el Cielo, vivido ya en esta Tierra. Como nos insisten Juan Pablo II y Benedicto XVI, la santidad es la vocación de todo bautizado... Y la oración incesante es el camino. Jesús dice que El es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso una de las imágenes más expresivas de nuestra fe cristiana es... el CAMINO. Y una forma de vivirla es CAMINAR. Pero caminar, ¿hacia dónde? Para responder hemos de recordar que la fe es Misterio, es el “ya pero todavía no”. Caminamos, pues hacia el abrazo de Cristo, acompañados por el abrazo de Cristo. Pero no se puede peregrinar en solitario. En este viaje que iniciamos juntos, vosotros y yo, nos acompañan cinco “sherpas” expertos. Tres de ellos desde el Cielo: el Peregrino es uno de ellos.
La segunda es una valerosa mujer gallega del siglo IV, la Peregrina Egeria. Dos pinceladas sobre ella: Partió de su Galicia natal hacia Tierra Santa. Viajó por los países que forman el Oriente próximo: Asia menor, Siria, Palestina y Egipto Y en cada lugar recogía minuciosa crónica de la vida de los cristianos. Curiosamente –¡qué ingeniosa y expresiva es la Providencia de Dios!- ha llegado a nosotros su noticia gracias a un manuscrito, hallado en Italia, ¡en el año 1884!, el mismo año de la edición rusa del Padre Paisius.
El tercer “serpa” que nos guía es un atleta-misionero escocés, Eric Liddell, que merece capítulo aparte. Ganador de la medalla de oro en los 400 metros lisos en los Juegos Olímpicos de París 1924, Eric corría para complacer a Dios. En la línea de salida solía alzar sus ojos hacia el cielo y en su mente resonaba “El Señor me guía”. Hijo de una familia misionera protestante, su forma de correr en el estadio era ya de por sí una manera de predicar el Evangelio.
Dos expertos más completan nuestro equipo. Uno es un personaje cinematográfico: Forrest Gump, protagonista de la cinta homónima de Robert Zemeckis (1994). Dejando aparte muchos aspectos del personaje que pueden no ser congruentes con nuestra fe, en él encontramos tres elementos desde los que el Señor nos habla: Su carrera sin descanso es parábola de la oración constante. Su sencillez nos recuerda la llamada del Señor a ser “niños en la inocencia y adultos en el juicio”. Y su evocación a lo aprendido de su madre, nos recuerda la escuela de María, en la que los cristianos estamos “matriculados”. La Madre de Dios nos enseña a hacer lo que El nos dice.
La pregunta era inmediata: ¿Por qué no hacer algo similar? Con este equipo, bajo el cuidado maternal de María y buscando no separarme ni un ápice de las instrucciones del nuestro Entrenador, Cristo, partíamos a primeros de noviembre de 2007 en una peregrinación que nos llevará, con la ayuda de Dios, a Jerusalén en unos diez años. Vamos a ir corriendo, como Juan y Pedro al Sepulcro vacío. Como Luiggy, nuestras zapatillas van a hollar sólo los caminos de un parque de mi pueblo. De Forrest nos llevamos la caja de bombones que cada día el Amor de Dios nos ofrece. De Eric haremos nuestra la forma de correr para agradar a Dios y hablar de El a quien se nos acerque. La Peregrina Egeria nos marcará el rumbo de la peregrinación y el arte de contarla. Y la Madre de Dios nos enseñará a viajar hasta Ain Karem, con la Buena Noticia de Jesús en el corazón, como Ella la llevaba ya en su seno. Por todo lo dicho, no podía ser otro el nombre de este blog que “El Peregrino Ruso”. Y no podía ser otra la imagen del perfil que la de Eric Liddell. Una pequeña postdata: Antonio Machado escribe al caminante que “no hay camino, se hace camino al andar”. En nuestro caso, desde la fe debemos dar testimonio de que es el Camino, Cristo mismo, en que va haciendo al caminante. Lo iremos compartiendo. Dios nos bendiga en este nuevo año, y cumpla Sus sueños sobre nosotros. Gloria a Cristo, Camino, Verdad y Vida. El Peregrino Ruso
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